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OPINIÓN

14 de abril de 2023

EDUCACION POLITICA.

Una nueva entrega de Hervi Lara Bravo desde Chile

Por: Hervi Lara Bravo

I

En Chile, la dilución del significado del estallido social de 2019  y la posterior derrota de la aprobación de la propuesta de Constitución democrática elaborada por la Convención Constitucional, han sido una expresión de que el neoliberalismo ha incrementado el individualismo.  Esto ha llevado a gran parte de la población a la adopción de pautas culturales que conducen a ocultarse a sí misma la enajenación que se padece.  El fatalismo y la conformidad han llevado a perder la propia identidad.  Así, con facilidad se manipulan las conciencias de las personas para adormecerlas y hacerles olvidar la pertenencia a su clase social y lo que realmente son.  En este contexto, pareciera que la superación de este estado de “conciencia ingenua” requiere ir de la mano de una necesaria educación política.

En estricto rigor, toda educación que pretenda ser algo más que la formación puramente especializada para el ejercicio de una profesión, necesariamente tiene que ser política porque el vínculo de la existencia humana más fuerte es con la comunidad en la que se está inmerso.  Y la política es la existencia  libre  y activa al servicio de la sociedad.  Es la aspiración de lograr riqueza espiritual y de alcanzar saber y cultura a fin de eliminar las injusticias.  Las desviaciones señaladas nacen de la ignorancia.  Y es la educación en su dimensión política la que enseña a sobrellevar dignamente los males que se presentan como inevitables.

La capacidad que eleva a la persona sobre los animales y las cosas es la razón.  No son la fuerza, ni la riqueza, ni la comodidad u otros bienes los que trazan la distinción entre quienes se han formado libremente desde su juventud y aquellos que son culturalmente informes o deformes; entre quienes están dotados de saber y aquellos torpes e inconscientes.   Sí lo es la cultura del espíritu que se manifiesta en el lenguaje, en las actitudes y en la acción.   Por esto, en esencia, el sentido de la política es educación.  Y el sentido de la educación es político.   Ya Platón lo ratificaba al afirmar que el punto de partida de la educación es la formación de la conciencia de la justicia, que constituye la virtud política por antonomasia, resume todas las demás virtudes y está por encima de todas las normas humanas, porque no es cuestión de poder, sino que su origen está en el alma.  Se trata de un bien superior a  la utilidad inmediata y al acuerdo de  mayorías.

También Aristóteles  ha señalado que la virtud superior es la justicia, porque permite la equitativa distribución de ventajas y daños.  “Por naturaleza, el hombre es un animal político”.   En él se haya innata la tendencia a vivir en sociedad con sus semejantes, tanto para su propia conservación como para su perfeccionamiento.  Por tanto, una entidad capaz de dirigir la sociedad es una necesidad natural, de tal manera que el sentido de la existencia del Estado no es sólo defender a los ciudadanos de sus enemigos, sino también la educación del pueblo en la virtud fundamental como es la justicia.  Y como la justicia es un valor ético, la política está implicada con la ética y es a lo que debe tender la educación como su fin.   Como el fin de toda actividad es el bien, toda sociedad se forma con la finalidad de lograr algún bien.  Y el medio para lograrlo es la educación.  En consecuencia, se desprende del pensamiento de Aristóteles que la educación es prerrogativa del todo social o Estado  y no de  particulares, porque su fin es la formación de personas de espíritu libre y que busquen lo bueno, lo bello y lo justo.  Cuando la educación es abandonada a su suerte, como consecuencia la sociedad sufre daños y se desintegra.

II

Pero la modernidad ha oscurecido la dimensión social y la dimensión trascendente de la persona, para dar paso al individualismo actual como valor absoluto.  Se estimula y se explota la debilidad del Yo.  La industria cultural acosa a las masas e impone sin cesar los esquemas de comportamiento.  Su objetivo es la decadencia y la servidumbre para despertar la conformidad con la idea de que el mundo se encuentra en el orden establecido.  Y la modernización, con la razón instrumental, excluye a un sector de la sociedad mediante el desempleo y la carencia de servicios.  En dicho contexto, el gran empresariado nacional y transnacional ejerce el poder sin restricciones del Estado en cuanto a la regulación de la actividad económica, sin contrapeso de organizaciones sociales, sindicatos, cooperativas, partidos políticos.   Para ello, son impuestas graves y sistemáticas violaciones de derechos humanos y así se socializa a la población en el individualismo, el consumismo, la atomización social y la impotencia política.  De esta manera se perpetúan las “modernizaciones”, que no son otra cosa que la privatización de los servicios públicos; las normas que impiden los derechos laborales y sindicales; la mercantilización de la educación, de la salud y de la previsión; las restricciones a la intervención del Estado en la economía.  La dominación técnica progresiva se transforma en engaño de las masas, en medio de la opresión de las conciencias impidiendo la emancipación.  La industria cultural produce “films (que) deben estar a la altura del nivel intelectual de un niño de 11 años”.  (1).

En el sistema capitalista neoliberal, la educación carece de sentido de servicio a la sociedad y a la humanidad, sino que se subordina a los intereses del poder económico.   La educación se concibe como medio de ejercer dominio sobre los demás, con el consiguiente abandono de la justicia y del bien común.  Se centra en el conocimiento instrumental y no en la formación de la conciencia ética.   En la realidad, se entiende a la educación como capacitación para reproducir el capital sobre la base de un mayor rendimiento de la fuerza de trabajo. Es la calificación y selección para las posiciones sociales que, por origen familiar y de clase “corresponden a cada uno”.  En otros términos, se entiende a la educación como “preparación de recursos humanos para el crecimiento económico”.  Esto, a través de la homogeneización de las conciencias en torno a un modelo educativo universal,  en una estructura de desigualdad y que tiene como condición la reproducción de esa misma desigualdad.  Se trata de formar “capital humano”, pues las personas también son consideradas como objetos de mercado.  Este capital humano debe corresponder a los elementos directamente utilizables en los distintos puestos de la producción: una instrucción para los obreros, otra para los técnicos, otra para los ingenieros, otra para los cuadros superiores, etc…   Además, se aprenden las “reglas” que se deben observar según el cargo al que se está “destinado” a ocupar: normas morales, de conciencia cívica y profesional.  Esto es, se trata de las reglas del orden establecido por la dominación de clase.  En otros términos, es la reproducción de sumisión a la ideología dominante y la reproducción de los explotadores y represores para manipular la ideología dominante y así asegurar la dominación de clase “por la palabra”.  (2)  Así se forman mentalidades dependientes, que aceptan las diferenciaciones de acuerdo a las clases sociales, con carácter acrítico, de tal manera de evitar los desbordamientos sociales.  Los críticos del sistema deben ser “neutralizados”.  De esta manera se implementa la universalización de la ideología dominante, asentándose  una hegemonía capitalista monopólica a nivel mundial.  Si la cultura (valores, normas, conocimientos, etc…) es “la cultura de la clase  dominante, son los contenidos de ésta los que transmite el sistema educativo”. (3).

El conocimiento, la comunicación y la información en una economía globalizada son objetos de poder y, por tanto, de competencia para poseerlos con el objetivo de reducir el horizonte de la sociedad a lo empírico, provocándose un vacío teórico-cultural profundizado por la “educación tecnotrónica”, en la que “la red de comunicaciones electrónicas creará, inevitablemente, una supercultura mundial, claramente dirigida por las élites de los países más desarrollados que impondrán el modelo de evolución norteamericano, que es el único que asegura la supervivencia”. (4).  Se deshumaniza la estructura social. Así se destruye la cultura, porque saber es el proceso “en el cual nuestro núcleo personal intenta adquirir participación en el ser y fundamento supremo de las cosas”.  Por lo que culto es “quien posee una estructura personal, un conjunto de movibles esquemas ideales que, apoyados unos en otros, construyen la unidad de un estilo y sirven para la intuición, el pensamiento, la concepción, la valoración y el tratamiento del mundo”. (5).  Se pierde, así, la toma de postura personal y comprometida ante la realidad.

III

Educar es liberar.  No obstante, los sistemas educacionales, la industria cultural y las redes sociales tienen como objetivo ser semilleros de “esclavos mentales”, porque están determinados por la ideología y los intereses de las clases dominantes.  De esta forma se margina y se excluye a vastos sectores a los que convierten en “servidumbres humanas”.  Este es el significado de la despolitización: separar a la educación de la política.

De manera distinta a la “domesticación”, la educación política consiste en que las personas y los pueblos sean conscientes para trabajar y transformar el mundo.  Se trata de superar lo que Julio Cortázar ha denominado “estrategia de la ignorancia”: se cierran las escuelas y Universidades, para que nadie sepa quién es; se queman los libros y los símbolos populares, para que nadie sepa de dónde viene; se ponen alambradas y se minan las fronteras y los caminos, para que todos vivan encerrados y nadie se pregunte hacia dónde va.

La persona es un ser en y con el mundo al que debe transformar conscientemente.  Por tanto, la educación es politización, en el sentido de buscar la plenitud de la condición humana.  Esta es la libertad, que consiste en protagonizar la historia.  Es el esfuerzo de los pueblos por tomar su destino histórico en sus propias manos.  La educación política “no es extensión de las sobras del sistema de enseñanza establecido a la multitud de ignorantes y miserables que no tuvieron “valor” suficiente para incorporarse a él”. (6).  Se trata de existenciar las ideas, hacerlas conscientes para hacer la historia.  Y nadie existe al margen de los demás.  Esto es democracia: la igualdad y la participación.

El principio central en que se expresa la concepción democrática de la vida “encuentra su fórmula más alta en la exigencia del principio kantiano: “Trata a la persona humana, tanto en ti como en los demás, siempre como un fin y nunca como un medio”. (…) “Si hubiéramos de traducirlo en reglas más particulares y concretas, amplificaríamos diciendo:  examina la realidad de tu país y procede siempre de tal manera, que tu conducta contribuya a eliminar aquellas condiciones económicas, políticas, familiares, etc…,  que hacen que en torno a ti los individuos no puedan llegar hasta el pleno desenvolvimiento de su esencia humana”.  (Munizaga, Roberto, “Educación y política”.  Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1943, Segunda edición, pág. 83).

Educación y política están implicadas.  La educación no es neutral, puesto que es un acto de conocimiento y un acto político al mismo tiempo, ya que tiende a la transformación de la persona y del mundo en cuanto clase social y en cuanto al mundo personal.  Es la inserción crítica de las personas en la acción transformadora del mundo, lo que significa estar presente en el mundo y no solo representado, lo que exige un encuentro entre todo, sin exclusiones.  Dicho encuentro arriba con el término de la opresión.   Porque es innegable que “mientras la sociedad esté basada en los privilegios de una minoría y los beneficios y ganancias se alcancen a expensas de la explotación de unos hombres por otros; mientras haya naciones ricas y países pobres, explotados por aquellas, honradamente no se puede hablar de democracia ni se puede sostener que la educación sea un instrumento de ella.  (…)  No hay democracia ni libertad posible en un régimen de miseria”. (8).

  De allí la necesidad de educación política para que las personas vivan en un mundo verdaderamente libre y humano, esto es, responsable de lo que cada uno es y, al mismo tiempo, de toda la humanidad.

 

Santiago de Chile, abril de 2023.

NOTAS.-

  1. ADORNO, T. W., “La industria cultural”.  –  (Editorial Galerno, Argentina, 1967).
  2. ALTHUSSER, Louis, “Ideología y aparatos ideológicos del Estado”.  – (En “La influencia social masiva” N° 11.  Ediciones Universitarias de Valparaíso, 1971).
  3. VASCONI, Tomás, “Educación y cambio social”. -  (CESO, Universidad de Chile, 1967).
  4. PUIGGROS, Adriana, “Imperialismo y educación en América Latina”.  -  (Editorial Nueva Imagen, México, Cuarta edición, 1985, pág. 211).
  5. SCHELER, Max, “El saber y la cultura”. – (Editorial Cultura, Santiago de Chile, 1937).
  6. FIORI, Ernani, “Concientización y educación”. – (Texto inédito.  Universidad Católica de Chile, 1970).
  7. MUNIZAGA, Roberto, “Educación y política”. – (Editorial Universitaria, Santiago de Chile, Segunda edición, 1943, pág. 83).
  8. GODOY URRUTIA, César, “Educación y política”. – (Editorial Tierra y Escuela, Santiago de Chile, 1959, pág. 23).

 



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